
Este verano, por primera vez en mi vida, me he lanzado a una peregrinación junto con tres amigos. ¿Qué he hecho en esos maravillosos diez días? Aprender. Aprender de mis compañeros, de mí mismo, de las gentes de los pueblos de media España, de su disponibilidad para ayudar. Llevar en la bici un cartel de "yo sí creo en Dios y disfruto la vida con él" dio pie, al contrario de lo que pensábamos que sucedería, a que la mayoría de la gente se mostrara aún más amable.
En Meano, un pequeño pueblo navarro situado al pie de una enorme roca llamada "el león dormido", casi en el límite con Álava, nos encontramos con Victorino, un jubilado navarro. Sentado en un banco a la sombra, donde se protegía de los rigores veraniegos (que en estas tierras no son tan extremos), Victorino fue el primero que nos puso a prueba a cuenta de nuestra fe. Mientras preparábamos bocadillos y cortábamos el melón que un amable vecino nos había regalado, el buen hombre se enteró de nuestra condición de seminaristas, o al menos de cristianos (aunque "cristianos somos todos", nos dijo una vecina del mismo pueblo intentando echar por tierra nuestra ilusión de traerles un tesoro nuevo y desconocido). A Victorino no le hizo mucha gracia, pero el tema sacó de su memoria una batería de recuerdos con los que acompañó nuestra merendola.
Victorino era ateo, aunque confesaba que "lo que hay allí arriba, nadie lo sabe". Decía haber leído mucho durante su vida, lo cual le había llevado al escepticismo. Guardaba, eso sí, un sincero aprecio por aquel cura que atendió el pueblo durante algunos años, "que no me obligaba a ir a misa", decía con orgullo; con él discutía sobre asuntos divinos. Victorino conversaba con nosotros dando saltos de la religión a la política, soltando disparates de vez en cuando. En realidad, ninguno de sus argumentos era serio y sus razonamientos eran inconexos, pero no era la hora de las disquisiciones filosóficas. Por encima de todo, nos hablaba un hombre sufrido que, lo vería un ciego, seguramente había tratado de ajustar su carácter, endurecido por los años, con unas ideas incrédulas proporcionales a sus agrias experiencias. Una infancia o adolescencia rota por la guerra, junto a sus vivencias de juventud esforzada conduciendo camiones a través de una España destruida, forjarían su carácter en la amargura y el desengaño, sembrando la semilla de un alma enturbiada. Debe de ser difícil aceptar un universo ordenado cuando la vida ha ofrecido tanto sinsentido; debe de resultar casi imposible conceder la prioridad al Amor cuando se ha contemplado tanto odio y desolación. Por eso me esforcé en no combatir sus afirmaciones de que "todas las guerras son por culpa de la religión", o sus acusaciones a la Iglesia, ni sus errores históricos. Y agradecí que mis compañeros supieran guiarme en esta tarea con su ejemplo, pues ellos saben ir a lo esencial. "Vale, usted no piense en los errores de la Iglesia, usted reflexione sobre Dios, dedíquele un rato al tema", le dijo uno, idea que Victorino rechazó, en principio, enfurruñado en su escepticismo.
Por supuesto, Victorino no estaba dispuesto a elevar al cielo una sola plegaria por nosotros, y no por antipatía (pues se ofreció a ayudarnos en lo que necesitáramos, y nos animó a seguir nuestro camino), sino por convencimiento de que no serían más que palabras lanzadas al aire, así que le preguntamos su nombre para rezar nosotros por él. "Por mí no recéis", nos dijo, convencido igualmente de la imposibilidad de encontrar una mano de ayuda sobrehumana, "pero me llamo Victorino". Se levantó junto con nosotros y nos despedimos, comunicándole la esperanza de verle de nuevo, en una vida eterna donde no reinen el odio y la desolación.
Rechazó pensar en Dios, pero quién sabe si a Victorino le habremos logrado iluminar alguna zona apagada, que no muerta, de su alma. Quizá haya vuelto a plantearse la vida desde la atalaya de sus años, con la quietud del pueblo como trasfondo perfecto para sus meditaciones. Quizá haya logrado recapitular, quizá haya conseguido intuir una nueva perspectiva de la vida, resquebrajando esa costra que nos mostró. Si no es el caso, confío en que Dios no deja de su mano a las víctimas de un ambiente hostil a la Verdad, al Bien y a la Belleza, donde creer en Él sería una dura prueba que no todos pudieron pasar. Fracasados en la fe como Victorino, a los que Dios abrace borrando su fracaso, comprendiendo que, en otro ambiente menos infernal, tal vez su corazón no se hubiera vuelto ciego a la fe, sino que habría rebosado como un manantial.
1 comentarios:
Je, je... "Por mí no recéis, pero me llamo Victorino".
Vaya con el hombre. Malas experiencias, pero también malas lecturas. Para que luego digan que no pasa nada por leer cualquier cosa. Nadie está libre de "contagio".
Oye, no está mal esa idea del cartelito.
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